Cuando se instalaron en la casa nueva, trajeron la lluvia a Dallas. Y la culpa la tuvo el césped recién plantado. Había que regarlo a diario para que enraizara. “Llueve en Dallas, llueve en Dallas”, The Magic Girl lo deseó con tanta fuerza, que no paró de llover en treinta días. Pero a su alrededor todo eran charcos y caras largas entre las mamás del cole. “¿Cómo puede ser?”. “¡Nunca ha llovido así de fuerte en esta época del año! ¡Qué horror!”. “¡Qué tiempo tan espantoso!”. Ella amaba el color verde. ¿Es que nadie lo veía?

Todo este asunto de la lluvia se volvió decepcionante.

Con semejante panorama a su alrededor, y sin coche aún para llevar a los niños al colegio, The Magic Girl decidió que lo de la lluvia era una solemne majadería. Que se muera el césped. Que se mueran todas las plantas. Que se mueran todas las mamás del cole. A quién le importa. Así es que con suma tristeza volvió a tomarse su medicación y ese mismo día dejó de llover.

Ahora ya podía ir al colegio más tranquila. Salía de casa dispuesta a saludar y a charlar con todo el mundo. Aunque en el fondo, como a ella le daba mucha vergüenza hablar, prefería encontrarse con alguna mamá extremadamente charlatana o, mejor aún, encontrarse con dos mamás charlatanas y formar un triángulo con ellas en el que se limitaba a escuchar y reírse de cualquier tontería. ¡Eso era perfecto!

Mai Meneses

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