Aquel día empezó una pequeña tragedia. Les invitaron a comer a casa de una amiga de una amiga. Qué simpática. Si apenas se conocían. La casa, demasiado moderna, pero bonita, las cosas como son. Al llegar a la fiesta dejaron los abrigos en el sofá del fondo y entonces, al volverse, lo vio. Era el poto más bonito que había visto en su vida. Menudo ejemplar. Semejante tamaño de hojas. Espectacular. El suyo no le llegaba ni a la mitad. ¿Dónde lo habría comprado? Era increíble. Y ya no pudo pensar en otra cosa durante toda la comida. ¡Qué envidia de planta!

Cuando llegó a casa totalmente pedo (qué mal le sentaba el vino a mediodía)

subió a su cuarto de baño y se quedó mirando fijamente a su pequeño poto. Qué esmirriado, la verdad. Hoy lo veía aún más endeble.

Al día siguiente comprobó que se le habían muerto tres hojas durante la noche. Y a partir de aquel día todo fue a peor. Cada noche perdía cuatro o cinco hojas. Su planta se moría. Pero acababa de hacer un gran descubrimiento: “Las plantas están conectadas”, pensó. “He hecho que se sienta pequeña. ¿Sentirán envidia las plantas?”. Le pareció lo más probable. Y se sintió fatal.

Ya solo quedaba el último remedio para una planta que decide morirse. Había que recitarle al oído un conjuro: “Puedes morirte si quieres, plantita. Si no puedes más, te dejo marchar. Pero si te quedas, me harás la mujer más feliz del mundo”.

Era un reto, porque las plantas son muy sensibles, eso lo sabía a ciencia cierta y, a su poto, le había herido donde más le dolía. Así es que cada día, con todo el sentimiento, le dedicaba sus rezos: “Puedes morirte si quieres, plantita. Si no puedes más, te dejo marchar. Pero si te quedas, me harás la mujer más feliz del mundo”.

Al principio nada sucedió pero a la semana se obró el milagro y el poto reaccionó. Hojitas nuevas y carnosas, de un verde brillante estupendo. Y la pequeña planta al fin se recuperó.

The Magic Girl le siguió dando las gracias cada mañana por no morirse y ya nunca más volvió a sentir que había potos más bonitos que ella. El de aquella casa, una ordinariez de grande. Eso no eran hojas sino folios. Ay, qué sensibles son las plantitas.

Mai Meneses

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